martes, mayo 15, 2007

Nostalgia güesqueta




El sol de las siete de la mañana, a mediados del mes de marzo, purísima la atmósfera, claro el horizonte, quieto el viento y placentero el día, alegraba la húmeda tierra que vivificada ya de su calor amigo y apuntando la primavera, le hubiese ofrecido la naturaleza renovando su vida en la estación más apacible del año, si la campiña que atravesaba, desnuda, inamena y triste, presentara a un lado y otro a la vista más de algunas verdes llanadas de campos de trigo, y al frente la oscura sierra de Gratal formando falda a los lejanos y aún blancos Pirineos que parece reciban la bóveda del cielo para dejarla caer a la otra parte, que ya sabía era el reino de Francia. Llegado de un vuelo a las Canteras, vido abajo contrapuesta y comenzando desde el mismo valle la negra agorera selva de Pebredo extendiéndose en un dilatado término con sus carrascas del diluvio y habitada todavía de las primeras fieras que la poblaron. Atravesóla insensiblemente, descubrió los famosos llanos de Alcoraz, llegó a San Jorge, y dijo: Ya estoy en Huesca.”

Vida de Pedro Saputo, Braulio Foz. Capítulo II



Últimamente estoy un poco melancólico, supongo que ayuda el tener los cielos grises desde hace más de una semana y no paro de pensar en Uesca, supongo que yo soy de los que tienen alma rural y el ambiente de una ciudad de provincias decadente, semi-rural y pelín conservadora me mola. Esos días de espera por que empiecen las fiestas de San Lorenzo, la Uesqueta de los capazos en el Coso o donde menos te piensas, la Uesqueta de esos cosos vacíos los domingos de invierno por la tarde. Y si ya se encuentra en el paisaje más bonito del universo, ¡semontanos! ¡Cómo los echo de menos!; no sé qué más puedes pedir. No lo digo de coña, debe ser que mi alma Güequeta me marca y como nunca me han gustado las ciudades grandes (al menos para vivir) pues echo en falta esas tediosas y calurosas tardes de verano, en donde ni los lagartos más aguerridos se atreven a salir a la calle. Esas tertulias de barra de bar, en donde los lugareños mantienen conversaciones tan vacías como apasionantes (hablo de estas "herriko tabernas" en el sentido etimológico de la palabra, bares de(l) pueblo, con el olor a tortilla de patatas, farias, suelos sin barrer y una esquina donde los abuelos juegan al guiñote). Es curioso porque sí que recuerdo un tiempo en donde quise irme de allí (mi jaula de oro, la llamaba) y ahora parece que viene una boina volando, cual platillo volante, para enroscarse en mi cabeza y convertirme en Uesqueta más.

En mi pueblo vive un pintor, que antes de dedicarse a la pintura tenía una ocupación “seria” una consultoría o algo así, y al parecer no le iba mal en el terreno económico. Me dijo que con mis años también él estaba por Londres, pero que ahora, viviendo en la tranquilidad del pueblo y de Uesca se le hacía más duro “desenroscarse la boina”. No lo decía como algo peyorativo, al igual que yo no lo hago, aunque sé que puede ser interpretado de distinta manera. No, la paz y la tranquilidad de espíritu que Uesca me otorga no son algo para tomárselo a chufla, incluso cuando en ocasiones me irrite la quietud y la mansedumbre que muchos de sus ciudadanos tienen. No sé, algo tiene Uesca, y yo puedo ser bastante parcial, puesto que mis recuerdos se hayan comprometidos allí, pero lo cierto es que mi padre (que es de Valladolid) después de conocerse y patearse la geografía peninsular decidió afincarse en Uesca, voluntariamente, y puesto que podría haber elegido prácticamente cualquier otro sitio, puedo valorar su decisión con más ecuanimidad.

Así que desde la húmeda y gris Inglaterra alzo mi pinta de sidra (también tienen cosas buenas por aquí, hay que reconocerlo) y brindo por tod*s l*s Uesquetas que por el mundo habiten y tengan, de vez en cuando, un ramalazo de nostalgia.



P.S. La foto es de la Plana de Uesca (o quizá ya fuera semontano de Balbastro), el hecho es que no recuerdo el nombre del pueblo, pero este es el tipo de paisaje más bonito de todos los que he llegado a ver.

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