Espero que disfruten de su lectura como yo lo he hecho de su escritura.
Desde Banarus
Artículos donde un nacionalista aragonés de izquierdas refleja su vision sobre el mundo.
lunes, enero 19, 2026
Augurios
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sábado, enero 03, 2026
El último acto: África, el conflicto proxy que podría marcar el fin de la hegemonía estadounidense
Introducción: Un cambio de era sin batalla definitiva.
La historia de las transiciones hegemónicas entre grandes potencias está frecuentemente marcada por la guerra. Sin embargo, en el siglo XXI, caracterizado por la interdependencia económica global y el horror de la disuasión nuclear, un conflicto directo entre Estados Unidos y China parece un camino directo hacia la mutua destrucción. Pero esto no significa que la rivalidad por la primacía global se vaya a resolver pacíficamente en una mesa de negociaciones. Por el contrario, la hipótesis que exploro apuesta a que la transición —o su certificación simbólica más dramática— podría tener lugar en un escenario inesperado para el gran público: el continente africano, extendiéndose después a las convulsas tierras de Medio Oriente.
Este escenario a veinte años vista no prevé frentes masivos de tanques enfrentados, sino una guerra proxy de última generación, donde las grandes potencias miden su fuerza e influencia a través de terceros, en un teatro que actuaría como espejo de un orden mundial en descomposición.
Las premisas fundamentales: el repliegue forzoso y la competencia indirecta.
Este escenario descansa sobre dos premisas críticas, radicales pero no imposibles, que reconfiguran el tablero global.
El repliegue estratégico de Estados Unidos: Más allá de un mero aislacionismo político, se postula una retirada forzosa de Estados Unidos de sus compromisos de seguridad en Asia Oriental. Ante la abrumadora ventaja de China en su litoral y el coste prohibitivo de una guerra por Taiwán, Washington llegaría a la amarga conclusión de que ya no puede sostener su rol de garante hegemónico en el Pacífico Occidental. Esta no sería una elección ideológica, sino un cálculo de realpolitik: la insolvencia estratégica. En consecuencia, EEUU se replegaría hacia lo que percibe como su esfera de influencia natural y defendible: el hemisferio occidental, con especial énfasis en América Latina. Un escenario que Donald Trump ya está dibujando, volviendo al siglo XIX y la doctrina Monroe, presionando a Canadá hacia la integración en EEUU, apostando por la conquista por la fuerza de Groenlandia y con la acción directa tomada contra Venezuela en enero de 2026. En el fondo Trump está reconociendo que ya no tiene capacidad global, ha avisado ya de que se retira de Europa; Japón, Corea del Sur y sobre todo Taiwán se temen lo peor.
La estrategia China de la sombra: China, consciente de los riesgos de una confrontación directa, no buscaría un "momento Pearl Harbor" en el Pacífico. En cambio, adoptaría el papel que la Unión Soviética jugó en Vietnam: el de patrocinador supremo. Su objetivo sería desangrar, humillar y expulsar a su rival de los espacios globales restantes, certificando su ascenso sin exponer directamente su propio territorio. África, rica en recursos críticos y plagada de conflictos latentes, se presenta como el campo de pruebas ideal.
El teatro principal: África como tablero del juego final.
Bajo estas premisas, África deja de ser un escenario secundario para convertirse en el epicentro del conflicto por el nuevo orden.
La última intervención estadounidense: Un EEUU en retirada global, pero necesitado de una victoria simbólica para salvaguardar algo de prestigio y demostrar que no ha dejado de ser una potencia, elegiría África para su última gran intervención militar directa. Esta intervención no sería por humanismo, sino por el control de recursos estratégicos (tierras raras, cobalto) o para contrarrestar lo que se percibiría como un avance chino irreversible. Sería una guerra con un ojo puesto en la narrativa histórica: la última batalla del imperio.
El patrocinio chino: Desde Pekín, el conflicto se gestionaría como una inversión estratégica. El apoyo fluiría en forma de armamento moderno, inteligencia, financiación, capacitación y cobertura diplomática en la ONU para los adversarios locales de EEUU y sus aliados regionales. El objetivo no es la ocupación, sino la derrota política y militar del intervencionismo occidental, estableciendo a China como el poder externo preferido —y temido— en el continente.
El catalizador y la explosión regional: Israel y el volcán de Medio Oriente.
La hipótesis adquiere su verdadera dimensión global con la entrada en escena de un actor con capacidad para desbordar cualquier conflicto regional: el Estado de Israel.
La doctrina de la desesperación: Percibiendo el repliegue de su garante histórico (EEUU), Israel adoptaría una postura aún más agresiva y preventiva. Ante una amenaza en el Cuerno de África —que pone en peligro su línea vital marítima hacia Asia a través del Mar Rojo—, Israel intervendría con una fuerza abrumadora, aplicando una lógica de "usar o perder" su ventaja militar. De hecho ya habría movido la primera pieza del damero al ser el único estado del mundo en reconocer oficialmente a Somalilandia.
La unificación del frente rival: Aquí se activa una dinámica histórica profunda. La habitual división del mundo árabe y musulmán podría superarse ante un enemigo común percibido como agresor existencial y ante un vacío de poder estadounidense. Dos potencias aspirarían a liderar esta coalición: Turquía, con su ambición neo-otomana y su potente ejército convencional, e Irán, con su ideología de "resistencia" y su red de proxies. Una alianza táctica (e incómoda) entre ambas, o el liderazgo claro de una, unificaría la acción de estados y movimientos en un frente anti-israelí y anti-occidental.
La escalada geográfica: El conflicto dejaría inmediatamente de estar confinado a África. Los puntos de apoyo de los actores se convertirían en objetivos: bases turcas en Somalia y Qatar, intereses iraníes en Yemen y el Golfo Pérsico, y finalmente el corazón territorial de los contendientes. La guerra saltaría al sur de Turquía (el conflicto kurdo), a la península Arábiga (con la reactivación total del frente yemení) y a los alrededores de Irán, convirtiendo a Medio Oriente en un polvorín unificado.
Los actores inciertos: Rusia y la Unión Europea en la encrucijada.
El desarrollo y el desenlace final de este conflicto dependerían en gran medida de dos actores cuya trayectoria a 20 años vista es la mayor incógnita.
La Rusia post-Putin: El oportunista del caos: La sucesión de Vladimir Putin abre un abanico de posibilidades. El escenario más peligroso para la estabilidad global es el de un sucesor percibido como débil internamente. Para consolidar su poder, este líder necesitaría una demostración espectacular de fuerza en el exterior. El conflicto en África/Medio Oriente le ofrecería el teatro perfecto: lejos de las fronteras de la OTAN y con posibilidad de humillar a Occidente. Una Rusia dirigida por una figura así no sería un mero espectador; sería un instigador y acelerador, proporcionando armas avanzadas, mercenarios y posiblemente buscando un choque directo pero limitado con activos occidentales para "demostrar valor". Esta sobreactuación convertiría a Rusia en el factor de impredictibilidad máxima. Pudiendo llegar a convertirse en enemiga de la propia China. Lo más inteligente para Rusia sería no obstante seguir la estela de la UE que planteo a continuación y, en todo caso, aprovechar el río revuelto para incorporar territorios a Rusia que pertenecieran en su día a la Unión Soviética.
La Unión Europea: La fortaleza asediada: La UE emergería de las próximas dos décadas con un poder militar notablemente mayor, el ataque de Rusia a Ucrania y los mensajes de EEUU respecto a que no quiere ni puede garantizar la soberanía de los estados europeos ante una eventual agresión están empujando a un rearme notable de estos países, pero probablemente será un bloque sin la voluntad política unificada para actuar como un solo actor bélico ofensivo. Su estrategia seguramente sería defensiva y pragmática:
Militar: Concentraría sus formidables armadas en asegurar el "Mare Nostrum", desde el estrecho de Gibraltar hasta Grecia, para proteger sus fronteras sur y las rutas energéticas. Pero sin meterse nunca en el conflicto directamente.
Económica: Intentaría, contra viento y marea, mantener la neutralidad comercial, especialmente con China, priorizando la prosperidad económica interna sobre la alineación geopolítica.
Doméstica: Enfrentaría su mayor desafío: la gestión de oleadas migratorias de escala histórica procedentes de las guerras en África y Medio Oriente. Paradójicamente, mientras esta presión podría colapsar su cohesión política, también representaría una oportunidad demográfica desesperada para un continente extremadamente envejecido. El éxito o fracaso en integrar a millones de nuevos habitantes determinaría la supervivencia misma del proyecto europeo. En el conflicto global, la UE sería menos un protagonista y más un complejo y reactivo "tercer espacio", intentando contener las consecuencias mientras el mundo arde ante sus puertas.
Conclusión: Un escenario de plausibilidad condicional alarmante.
Esta hipótesis no predice el futuro, pero traza un mapa de riesgos profundamente coherente sobre cómo podría desarrollarse una transición hegemónica desordenada en el siglo XXI. Es un escenario de "Guerra Mundial Fragmentada": múltiples conflictos interconectados que consumen al antiguo hegemón en teatros periféricos, mientras el nuevo poder consolida su dominio en su esfera vital y el antiguo centro del mundo (Europa) se atrinchera.
La plausibilidad de esta hipótesis es alta, siempre bajo la premisa crítica del repliegue estratégico estadounidense de Asia. Si esa premisa se cumple, la lógica que empuja a EEUU a una última demostración de fuerza en África, a China a aprovechar la oportunidad desde la sombra, a Israel a actuar con desesperación, a las potencias revisionistas de Medio Oriente a unificarse y a una Rusia insegura a sobreactuar, se vuelve casi inexorable.
Lo que se describe no es el clásico duelo por el mundo entre dos ejércitos, sino el síntoma terminal de un orden que se derrumba: el antiguo policía global librando su última batalla lejos de casa, las potencias regionales desatando viejos rencores, y las civilizaciones tratando de proteger lo suyo mientras la arquitectura del siglo XX se hace añicos. Es una visión cruda, pero construida sobre una cadena de causalidad que merece una serena y preocupante consideración.
lunes, octubre 06, 2025
Sobre el “hispanchismo” y la división en la ultraderecha.
jueves, agosto 28, 2025
¿Por qué el capitalismo era más justo cuando tenía un rival?
Hubo un tiempo, no tan lejano, en el cual el mundo occidental pareció encontrar la fórmula mágica. Un obrero en una fábrica, con un solo salario, podía comprar una casa, mantener una familia, tener un coche y hasta irse de vacaciones. Era el sueño de la clase media, alcanzado por millones de trabajadores en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial.
Y aquí, cada país tiene su Mesías, socialdemocracia en algunos, democristianos en otros e incluso en España hay gente que habla de Franco (risa contenida). Este periodo que se dio en los países desarrollados occidentales, conocido como la "edad de oro del capitalismo", no fue un milagro. Fue una reacción. Una respuesta estratégica del sistema para sobrevivir a su único y formidable competidor: la Unión Soviética. Por eso, diferentes países con gobiernos muy dispares terminaron confluyendo en las mismas soluciones.
El contrapeso: cuando el capitalismo fue obligado a ser "humano"
Tras la devastación de la guerra, las élites políticas y económicas de occidente miraban con recelo hacia el Este. La URSS, aunque autoritaria, prometía algo radical: un mundo sin explotación, con pleno empleo, educación y sanidad universales y gratuitas. Para una clase trabajadora europea y americana que había vivido la miseria de la Gran Depresión, el mensaje era seductor. Además, la URSS había salido como una de las potencias victoriosas de la guerra, ganando gran prestigio entre las clases trabajadoras y generando temor en el empresariado capitalista.
El capitalismo se enfrentó a una disyuntiva: reformarse o arriesgarse a que su propia población abrazara la revolución. La solución fue lo que se conoció como el "Pacto Social". Un acuerdo tácito entre capital, trabajo y gobierno.
A cambio de paz social y de aceptar el sistema, los trabajadores recibirían salarios dignos, sólidos derechos laborales y un estado del bienestar robusto. Los impuestos a las grandes fortunas y corporaciones eran altísimos (incluso en EEUU el tipo marginal máximo superó el 90%), financiando escuelas, hospitales y pensiones. Los sindicatos, consiguiendo mejoras y avances, en el fondo, se convirtieron en un dique de contención contra el comunismo, gozando de un poder sin precedentes.
Era la "tercera vía", un concepto propugnado por Marx como un imposible, ya que creía que los dueños de los medios de producción jamás iban a ceder tanto. Se trató de un capitalismo domesticado por el miedo a la alternativa comunista. Como dijo en los años 50 el estratega de la CIA Paul Nitze, la mejor forma de ganar la Guerra Fría era "mejorar las condiciones de vida de los menos favorecidos". La prosperidad de la clase media era la mejor propaganda anticomunista.
Cuando todo saltó por los aires: Thatcher, Reagan y el primer asalto
El consenso no se rompió de golpe. En los años 80, con la URSS envejecida y estancada, su amenaza empezó a percibirse como menos urgente. Fue el momento elegido por dos líderes conservadores para lanzar el primer asalto al pacto de posguerra.
Margaret Thatcher en el Reino Unido y Ronald Reagan en EEUU impulsaron con fervor ideológico las políticas del neoliberalismo. Desmantelaron el poder sindical (la huelga de mineros en Gran Bretaña o la de controladores aéreos en EE.UU.). Bajaron impuestos a los ricos y a las corporaciones con la teoría (totalmente desacreditada) de que la riqueza "gotearía" hacia abajo (trickle-down economics o efecto derrame). Iniciaron la narrativa de que "el Estado no es la solución, sino el problema" como dijo Reagan.
Demostraron que era posible revertir las conquistas sociales, incluso con la URSS aún en el mapa. Pero lo peor estaba por llegar...
1991: el año en el que se apagó el rival
La desaparición de la Unión Soviética fue celebrada en buena parte de Occidente como "el fin de la Historia". Su victoria absoluta eliminó la principal razón que obligaba a ser generoso con sus ciudadanos.
Sin un modelo alternativo que asustara a las élites, el contrapeso desapareció. El capitalismo ya no necesitaba demostrar que podía ser justo.
Quemando el tren para alimentar la locomotora
Lo que vino después fue una aceleración global de las ideas de Thatcher y Reagan. Los gobiernos, de izquierdas y derechas, como en la película de los hermanos Marx en la que queman un tren entero para alimentar la locomotora, comenzaron a "quemar" los recursos públicos para alimentar una locomotora con cada vez menos sentido para existir.
Privatizaron todo lo rentable: energéticas, telecomunicaciones, bancos, ferrocarriles...
Es cierto que, en el corto plazo, la venta de una empresa pública daba un chute de dinero a las arcas del Estado, permitiendo bajar impuestos o tapar agujeros presupuestarios sin tener que subir los impuestos, lo que es muy popular desde el punto de vista electoral. Pero, a medio y largo plazo, se ha demostrado que ha sido un desastre: el Estado se privó para siempre de los ingresos recurrentes (dividendos) que esas empresas generaban. Perdió herramientas para controlar sectores estratégicos (como la energía) y su capacidad para financiar servicios públicos se resintió gravemente.
Se creó un círculo vicioso: menos ingresos por privatizaciones y rebajas fiscales suponen menos dinero para sanidad y educación de tal forma que los servicios empeoran, así que se usa esa mala prensa como excusa para recortar más o privatizarlos.
Un mundo más rico, pero más inseguro
Hoy vivimos las consecuencias de aquella victoria. De hecho se está volviendo al capitalismo previo a la Unión Soviética, donde existe la familiarización del trabajo (todos los adultos en una casa deben trabajar para llegar a fin de mes) como ocurría con el proletariado del siglo XIX. Acceder a una vivienda es una quimera para la clase trabajadora. La desigualdad ha regresado a niveles de principios del siglo XX. Y el Estado, despojado de sus activos y con una fiscalidad debilitada, está más limitado que nunca para proteger a la ciudadanía en crisis como una pandemia o las subidas de precios de materias primas vitales.
El capitalismo funcionó mejor para la mayoría cuando se sintió amenazado. La existencia de un rival creó un equilibrio de poder que forzó la creación de una sociedad más igualitaria, algo que el propio Marx y sus seguidores consideraban imposible. La desaparición de la Unión oviética no marcó el fin de la historia, sino el inicio de una nueva era de inseguridad económica donde la promesa de que cada generación viviría mejor que la anterior ya no existe a no ser que nos refiramos a las personas millonarias o milmillonarias. Un recordatorio de que un capitalismo sin control estatal es muchísimo peor que el Leviatán teorizado por Hobbes.






