sábado, enero 03, 2026

El último acto: África, el conflicto proxy que podría marcar el fin de la hegemonía estadounidense

 


Introducción: Un cambio de era sin batalla definitiva.


La historia de las transiciones hegemónicas entre grandes potencias está frecuentemente marcada por la guerra. Sin embargo, en el siglo XXI, caracterizado por la interdependencia económica global y el horror de la disuasión nuclear, un conflicto directo entre Estados Unidos y China parece un camino directo hacia la mutua destrucción. Pero esto no significa que la rivalidad por la primacía global se vaya a resolver pacíficamente en una mesa de negociaciones. Por el contrario, la hipótesis que exploro apuesta a que la transición —o su certificación simbólica más dramática— podría tener lugar en un escenario inesperado para el gran público: el continente africano, extendiéndose después a las convulsas tierras de Medio Oriente.

Este escenario a veinte años vista no prevé frentes masivos de tanques enfrentados, sino una guerra proxy de última generación, donde las grandes potencias miden su fuerza e influencia a través de terceros, en un teatro que actuaría como espejo de un orden mundial en descomposición.

Las premisas fundamentales: el repliegue forzoso y la competencia indirecta.


Este escenario descansa sobre dos premisas críticas, radicales pero no imposibles, que reconfiguran el tablero global.

  1. El repliegue estratégico de Estados Unidos: Más allá de un mero aislacionismo político, se postula una retirada forzosa de Estados Unidos de sus compromisos de seguridad en Asia Oriental. Ante la abrumadora ventaja de China en su litoral y el coste prohibitivo de una guerra por Taiwán, Washington llegaría a la amarga conclusión de que ya no puede sostener su rol de garante hegemónico en el Pacífico Occidental. Esta no sería una elección ideológica, sino un cálculo de realpolitik: la insolvencia estratégica. En consecuencia, EEUU se replegaría hacia lo que percibe como su esfera de influencia natural y defendible: el hemisferio occidental, con especial énfasis en América Latina. Un escenario que Donald Trump ya está dibujando, volviendo al siglo XIX y la doctrina Monroe, presionando a Canadá hacia la integración en EEUU, apostando por la conquista por la fuerza de Groenlandia y con la acción directa tomada contra Venezuela en enero de 2026. En el fondo Trump está reconociendo que ya no tiene capacidad global, ha avisado ya de que se retira de Europa; Japón, Corea del Sur y sobre todo Taiwán se temen lo peor.

  2. La estrategia China de la sombra: China, consciente de los riesgos de una confrontación directa, no buscaría un "momento Pearl Harbor" en el Pacífico. En cambio, adoptaría el papel que la Unión Soviética jugó en Vietnam: el de patrocinador supremo. Su objetivo sería desangrar, humillar y expulsar a su rival de los espacios globales restantes, certificando su ascenso sin exponer directamente su propio territorio. África, rica en recursos críticos y plagada de conflictos latentes, se presenta como el campo de pruebas ideal.


El teatro principal: África como tablero del juego final.


Bajo estas premisas, África deja de ser un escenario secundario para convertirse en el epicentro del conflicto por el nuevo orden.

  • La última intervención estadounidense: Un EEUU en retirada global, pero necesitado de una victoria simbólica para salvaguardar algo de prestigio y demostrar que no ha dejado de ser una potencia, elegiría África para su última gran intervención militar directa. Esta intervención no sería por humanismo, sino por el control de recursos estratégicos (tierras raras, cobalto) o para contrarrestar lo que se percibiría como un avance chino irreversible. Sería una guerra con un ojo puesto en la narrativa histórica: la última batalla del imperio.

  • El patrocinio chino: Desde Pekín, el conflicto se gestionaría como una inversión estratégica. El apoyo fluiría en forma de armamento moderno, inteligencia, financiación, capacitación y cobertura diplomática en la ONU para los adversarios locales de EEUU y sus aliados regionales. El objetivo no es la ocupación, sino la derrota política y militar del intervencionismo occidental, estableciendo a China como el poder externo preferido —y temido— en el continente.

El catalizador y la explosión regional: Israel y el volcán de Medio Oriente.


La hipótesis adquiere su verdadera dimensión global con la entrada en escena de un actor con capacidad para desbordar cualquier conflicto regional: el Estado de Israel.

  • La doctrina de la desesperación: Percibiendo el repliegue de su garante histórico (EEUU), Israel adoptaría una postura aún más agresiva y preventiva. Ante una amenaza en el Cuerno de África —que pone en peligro su línea vital marítima hacia Asia a través del Mar Rojo—, Israel intervendría con una fuerza abrumadora, aplicando una lógica de "usar o perder" su ventaja militar. De hecho ya habría movido la primera pieza del damero al ser el único estado del mundo en reconocer oficialmente a Somalilandia.

  • La unificación del frente rival: Aquí se activa una dinámica histórica profunda. La habitual división del mundo árabe y musulmán podría superarse ante un enemigo común percibido como agresor existencial y ante un vacío de poder estadounidense. Dos potencias aspirarían a liderar esta coalición: Turquía, con su ambición neo-otomana y su potente ejército convencional, e Irán, con su ideología de "resistencia" y su red de proxies. Una alianza táctica (e incómoda) entre ambas, o el liderazgo claro de una, unificaría la acción de estados y movimientos en un frente anti-israelí y anti-occidental.

  • La escalada geográfica: El conflicto dejaría inmediatamente de estar confinado a África. Los puntos de apoyo de los actores se convertirían en objetivos: bases turcas en Somalia y Qatar, intereses iraníes en Yemen y el Golfo Pérsico, y finalmente el corazón territorial de los contendientes. La guerra saltaría al sur de Turquía (el conflicto kurdo), a la península Arábiga (con la reactivación total del frente yemení) y a los alrededores de Irán, convirtiendo a Medio Oriente en un polvorín unificado.


Los actores inciertos: Rusia y la Unión Europea en la encrucijada.



El desarrollo y el desenlace final de este conflicto dependerían en gran medida de dos actores cuya trayectoria a 20 años vista es la mayor incógnita.

  • La Rusia post-Putin: El oportunista del caos: La sucesión de Vladimir Putin abre un abanico de posibilidades. El escenario más peligroso para la estabilidad global es el de un sucesor percibido como débil internamente. Para consolidar su poder, este líder necesitaría una demostración espectacular de fuerza en el exterior. El conflicto en África/Medio Oriente le ofrecería el teatro perfecto: lejos de las fronteras de la OTAN y con posibilidad de humillar a Occidente. Una Rusia dirigida por una figura así no sería un mero espectador; sería un instigador y acelerador, proporcionando armas avanzadas, mercenarios y posiblemente buscando un choque directo pero limitado con activos occidentales para "demostrar valor". Esta sobreactuación convertiría a Rusia en el factor de impredictibilidad máxima. Pudiendo llegar a convertirse en enemiga de la propia China. Lo más inteligente para Rusia sería no obstante seguir la estela de la UE que planteo a continuación y, en todo caso, aprovechar el río revuelto para incorporar territorios a Rusia que pertenecieran en su día a la Unión Soviética.

  • La Unión Europea: La fortaleza asediada: La UE emergería de las próximas dos décadas con un poder militar notablemente mayor, el ataque de Rusia a Ucrania y los mensajes de EEUU respecto a que no quiere ni puede garantizar la soberanía de los estados europeos ante una eventual agresión están empujando a un rearme notable de estos países, pero probablemente será un bloque sin la voluntad política unificada para actuar como un solo actor bélico ofensivo. Su estrategia seguramente sería defensiva y pragmática:

    1. Militar: Concentraría sus formidables armadas en asegurar el "Mare Nostrum", desde el estrecho de Gibraltar hasta Grecia, para proteger sus fronteras sur y las rutas energéticas. Pero sin meterse nunca en el conflicto directamente.

    2. Económica: Intentaría, contra viento y marea, mantener la neutralidad comercial, especialmente con China, priorizando la prosperidad económica interna sobre la alineación geopolítica.

    3. Doméstica: Enfrentaría su mayor desafío: la gestión de oleadas migratorias de escala histórica procedentes de las guerras en África y Medio Oriente. Paradójicamente, mientras esta presión podría colapsar su cohesión política, también representaría una oportunidad demográfica desesperada para un continente extremadamente envejecido. El éxito o fracaso en integrar a millones de nuevos habitantes determinaría la supervivencia misma del proyecto europeo. En el conflicto global, la UE sería menos un protagonista y más un complejo y reactivo "tercer espacio", intentando contener las consecuencias mientras el mundo arde ante sus puertas.

Conclusión: Un escenario de plausibilidad condicional alarmante.


Esta hipótesis no predice el futuro, pero traza un mapa de riesgos profundamente coherente sobre cómo podría desarrollarse una transición hegemónica desordenada en el siglo XXI. Es un escenario de "Guerra Mundial Fragmentada": múltiples conflictos interconectados que consumen al antiguo hegemón en teatros periféricos, mientras el nuevo poder consolida su dominio en su esfera vital y el antiguo centro del mundo (Europa) se atrinchera.

La plausibilidad de esta hipótesis es alta, siempre bajo la premisa crítica del repliegue estratégico estadounidense de Asia. Si esa premisa se cumple, la lógica que empuja a EEUU a una última demostración de fuerza en África, a China a aprovechar la oportunidad desde la sombra, a Israel a actuar con desesperación, a las potencias revisionistas de Medio Oriente a unificarse y a una Rusia insegura a sobreactuar, se vuelve casi inexorable.

Lo que se describe no es el clásico duelo por el mundo entre dos ejércitos, sino el síntoma terminal de un orden que se derrumba: el antiguo policía global librando su última batalla lejos de casa, las potencias regionales desatando viejos rencores, y las civilizaciones tratando de proteger lo suyo mientras la arquitectura del siglo XX se hace añicos. Es una visión cruda, pero construida sobre una cadena de causalidad que merece una serena y preocupante consideración.